Un revés al populismo

Día de cacerolas en Buenos Aires y varios puntos de la Argentina.
Florida (Uruguay), 17, Set – El populismo no es una forma de hacer política, sino una forma de gobernar. Y es la forma que han elegido, con gran éxito, varios mandatarios de nuestro continente, incluyendo a la Presidente argentina Cristina Fernández.
Las manifestaciones registradas días atrás contra el Gobierno argentino, donde cientos de miles de personas salieron a las calles a reclamar por sus derechos y libertades, representan un verdadero revés para el populismo y un foco de esperanza para los demócratas del continente.
Sin embargo, para entender la magnitud de lo sucedido es necesario comprender cabalmente qué es el populismo.
GOBIERNOS POPULISTAS
Veamos ahora las condiciones necesarias para que un Gobierno como el argentino o el venezolano sea catalogado de populista.
La primera de ellas es la flagrante arbitrariedad para llevar a cabo sus funciones, generalmente devenida en autoritarismo.
Los regímenes populistas suelen adaptar los mecanismos del Estado de derecho para dar rienda suelta a sus anhelos de poder, adulterándolo, pero con la prudencia de no destruirlo ni erradicarlo por completo. ¿Por qué? Porque si bien el populismo guarda una relación sumamente estrecha con el autoritarismo, necesita de una fachada democrática, como la práctica de elecciones periódicas – lo que muchas veces es una mera gimnasia electoral. El PRI, en México, por ejemplo, se preocupó durante 70 años por realizar periódicos fraudes electorales en lugar de dar un golpe de Estado con todas las letras.
La segunda es la emergencia de un líder, redentor quizá, que se posiciona por encima de la población. Perón en el pasado y Cristina Fernández hoy son claros ejemplos de ello. El líder, autoritario y carente de convicción democrática, se postula a sí mismo como la fuente de solución de todos los problemas del pasado, generalmente encarnados, con o sin razón, en una clase política corrupta y burguesa, interesada únicamente en su enriquecimiento personal.
En base a esto último surge la tercera condición. El líder populista buscará realizar siempre una refundación del sistema político. Nunca representará la continuidad, pues su emergencia se basa justamente en un pasado negativo, digno de ser modificado y dejado atrás. Para ello, no solo cambiará, supuestamente, la forma de hacer política, sino también el propio sistema, acusado de injusto y favorable a las clases acomodadas que le han arrebatado al pueblo lo que le pertenece.
Así, llegamos la cuarta condición: la construcción del pueblo. Esta es, quizá, la característica fundamental para que un populismo se diferencie de un autoritarismo puro. El régimen populista emergerá generalmente en defensa del “pueblo” de su país, que ha sido despojado de sus facultades y sus pertenencias por un “no pueblo” enemigo del régimen.
Esto tiene dos resultados importantes. Primero se logra fracturar a la sociedad en dos: “pueblo” y “no pueblo”, amigos y enemigos, buenos y malos, etc. Esa dicotomización de la sociedad evita las tendencias intermedias y hace más difícil que los ciudadanos fluctúen entre un bando y el otro, pues quienes abandonen al “pueblo” serán llamados traidores. Segundo, logra generar una masa amorfa e indefinida que, bajo el nombre de “pueblo”, eliminará a los ciudadanos en su interior para diluirlos en esa masa. Ya no habrá individuos, ni ciudadanos – algo muy liberal, por cierto – sino simples integrantes del pueblo.
LA REBELIÓN DEL “NO PUEBLO”
Las manifestaciones que hemos visto en Argentina pueden ser calificadas como la rebelión del “no pueblo”. El creciente avance de Cristina Fernández y su Gobierno sobre las libertades individuales de los argentinos ha generado una reacción contundente de la ciudadanía, que ha despertado de un sueño prolongado para hacer valer sus derechos, su voz y su voto. Las restricciones cambiarias, la campaña por la reelección, la posible modificación de las garantías constitucionales y otras varias razones han hecho que quienes no son partidarios del régimen salgan a la calle a protestar. La mejor representación de lo aquí expresado es una pancarta blandida por un manifestante que decía “Cristina: nosotros también somos la gente”.
Este es un duro revés al populismo Kirchnerista y un adelanto de lo que está por venir en nuestro vecino país. El pueblo ya no es el que se identifica con Cristina Fernández, sino que se fragmenta, y cada vez más se manifiesta en su contra. Ante esto, el populismo reacciona con autoritarismo y al parecer el “no pueblo” argentino no está dispuesto a ceder sus libertades.
andres.riva@elheraldo.com.uy
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